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EL CUENTO DE JULIO 28/7/2007

La Antorcha

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Eduardo Ferro

La ceremonia inaugural de los J.O. finaliza con el encendido de la antorcha. El fuego sagrado, milenario, que desde Grecia se traslada a todas partes del mundo, tiene varios significados. Uno de ellos es la trascendencia. Iluminar -en el ocaso del estadio- el sentido, razón de ser del deporte.

Aquellos que ya fueron la trasladan, el último portador y más reciente representante, enciende el emblema que durante quince días permanecerá -como un vigía- guardando esperanzas, alegrías, ilusiones.

No solo es el paso de la antorcha de mano en mano, de nación en nación, de raza en raza, jóvenes y ancianos se unen siguiendo el rumbo del antiguo pabilo de luz, descendientes de anteriores portadores llevan con mano en alto todo un símbolo de vida, juego limpio, competencia leal.

Esa quimera, ilusión de muchos que pocos llegan a vivir… participar del mayor evento de la humanidad, por un algo tan real y al mismo tiempo tan fantástico: correr en la pista olímpica, hacer un gol en el estadio, subir al podio, festejar un triunfo desde la platea, sentirse ciudadano del mundo, y al mismo tiempo, el más patriota de su país.

Flamean las banderas unidas por un viento singular; los estadios, coloreados de buzos, dejan perderse a las individualidades entre abrazos de bienvenida, reconocimiento, lejanas amistades, nuevos amores. Bulle un clima de fiesta, el hombre se une con el hombre, no lo diferencia la piel, el idioma, su religión… en realidad, nada lo diferencia, incluso, durante la competencia, siente y lucha por lo mismo.

Embargados todos en uno de los viaje más antiguos y fantásticos -renovado cada cuatro años- la pasión delimita el ámbito donde se enfrentan los elegidos, compitiendo, en entrega total, por ese destino que, gravando en el espíritu una nueva luz -la que nunca se apaga- purifica al hombre, y al volver a la rutina de la vida, transforma vicios en virtudes, pálidos rostros en relucientes sonrisas, evoca, sin decirlo, al calor de esos momentos, el simple gesto de confianza, un suspiro de nueva voluntad.

Todo es percepción, memoria de origen desconocido, rítmicos compases de tambores vienen de un agujero negro perdido en el tiempo, donde los hombres vestían pieles de animales, el grito volaba por las nubes, el oído atento, tendón y músculo en acción. El animal y el hombre luchaban por la subsistencia, competían unidos por la naturaleza de las cosas. El mundo era eso: placer, dolor, hambre, espera, resignación, fiesta, jolgorio, desenfreno, concentración, triunfo, muerte.

Mudo el espectador desde la tribuna ve en ellos a todos los hombres, a todas las razas, a toda la existencia, en un simple movimiento, que contiene -mágico instante fugaz- la más remota historia de la humanidad.

Lleva -ese elegido- como ínfima luciérnaga, un mínimo chispazo, vestigio de la primera antorcha; símbolo, estigma de existencia, el de aquellos que -sin saberlo- pasan el emblema de lo sagrado, como el insecto lleva el polen a las flores, el espíritu olímpico -inexorable responsabilidad- a las generaciones futuras, pues sin haberlo pensado, como un inocente juego de niños, los pueblos antiguos transmitieron a la humanidad. Y aquellos que ya no están, los primeros portadores, presencian alegres desde algún lugar no muy lejano, volviendo a vivir -aunque sea un instante- el más antiguo de los milagros, el del hombre que juega.



Eduardo Ferro 14/VII/07
(Después de la inauguración de los juegos Panamericanos en Río de Janeiro)

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